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sábado, 29 de octubre de 2011

Y tú ¿Qué es lo que no quieres olvidar?

Hace unos días estuve en una residencia de ancianos. Algunos jugaban cartas, otros mataban el tiempo viendo televisión y otros deambulaban por los pasillos comportándose como niños repitiendo frases sin sentido a quien tuviera un segundo que dedicarles. Quizás la expresión que mejor describía aquello fue la que utilizó la recepcionista cuando me dijo que "En realidad esto es como un colegio".


Sin embargo lo que más me impresionó era que las paredes estaban llenas de papeles, quizás escritos por los mismos usuarios. Todos comenzaban con una frase: "No me gustaría olvidar..." y más abajo, a mano, cada hoja tenía palabras tan contundentes como: "mis nietos", "mi pueblo", "mi mujer"...


Un día podría pasar. Un día tu cerebro podría dejar escapar por un sumidero todos tus recuerdos, y con cada gota tu identidad se desdibujaría como una acuarela mojada. Al fin y al cabo solo somos eso, un montón de experiencias que nos van convirtiendo en lo que somos.


Me pregunto cuál es el último recuerdo que se pierde antes de convertirte en un anciano que solo sonríe cuando le ofrecen plastilina para jugar. Cuál es esa experiencia que te mantiene anclado a tu personalidad y gracias a la cual quienes te aprecian te siguen reconociendo.


En fin, imagina que tuvieras que elegir solo un recuerdo, ese que quisieras preservar hasta el final porque sabes que mientras exista seguirás siendo tú mismo, o simplemente porque encierra ese momento de felicidad que nunca quisieras que se extinguiera ¿Cuál sería?

jueves, 26 de mayo de 2011

5 formas que acabar con un movimiento de indignados que aprendí en Venezuela

Si hay un país por el que han pasado todas las indignaciones y protestas imaginables es Venezuela. En los últimos 10 años hemos visto desde labios cosidos hasta clases de bailoterapia en la autopista. Quizás por eso, aunque comparto las razones del Movimiento 15M, creo hay algo en su espíritu que a veces les acerca al precipicio. Quizás sea una analogía sin sentido y nuestros dos países no se parezcan en nada, pero por si acaso aquí van 5 formas de acabar con un movimiento de indignados que aprendí en Venezuela:

1.- No definir un final de la protesta:
Creer que la protesta puede alargarse indefinidamente y que el tiempo solo puede sumar adeptos y simpatías es producto de la miopía que produce estar rodeado de un montón de gente que corea tus mismas consignas. Sin embargo más allá, al cruzar la esquina hay gente haciendo su vida, llevando a los niños al cole, desayunando al sol o pintando su casa. Poco a poco las protestas prolongadas tienden a difuminarse y se convierten en parte del ambiente. La gente deja de llegar, el ímpetu se va perdiendo y los últimos en enterarse son quienes están en el centro de todo, pues la eufórica multitud les había impedido ver lo que ocurría en sus narices. Las leyendas permanecen cuando se retiran en el punto más alto, cuando acumulan todas las esperanzas y expectativas de sus seguidores, a partir de ese momento comienza el goteo del desencanto. Los venezolanos recuerdan la protesta de La Plaza Altamira de 2002, que pretendía instalarse allí hasta que cayera el gobierno, tardara lo que tardara. El régimen intentó disolverla y hasta aparecieron los energúmenos que a punta de pistola trataron de borrarla del mapa. Sin embargo pronto descubrieron que lo mejor era ignorarla y dejar que poco a poco se desinflara como un globo, como efectivamente ocurrió. Parar a tiempo no es necesariamente renunciar, es conservar fuerzas para la siguiente acción.

2.- “Quiero protestar, pero no me interesa la política”
Tienes razón, muchos de los políticos que tenemos son mediocres, ineptos y oportunistas. Pero lo mires como lo mires al final la única forma de participar activamente en los modos de dirigir al país es a través de una política bien entendida. Si crees que el movimiento popular es lo suficientemente ordenado y justo para sustituir a un gobierno, te espera una desagradable sorpresa. Al final la única manera de organizar a las personas es alrededor de una estructura que, la llames como la llames, tendrá mucho de política. Así que si vas a ser parte del cambio, asúmelo: estás haciendo política y mientras antes te enfrentes a los demonios que acompañan esta idea más posibilidades tienes de hacer las cosas de un modo diferente al de tus antecesores. Si te vas meter en esto, tienes que estar dispuesto a entender y quizás a hacer política.

3.- Convocar a la abstención:
En honor a la verdad la abstención no ha sido una bandera de los “indignados”, pero sí la de una buena parte de los que se les han sumado. Parece una fórmula lógica: no nos gustan los políticos que tenemos, por tanto no votamos. Pero el resultado es fácilmente previsible. En Venezuela la oposición, en un intento de deslegitimar al gobierno convocó a la abstención para las elecciones parlamentarias de 2005 y logró que prácticamente nadie votara por sus candidatos. La oposición se frotaba las manos imaginando a la opinión internacional dudando del gobierno porque no habían tenido contendientes ¿Qué ocurrió? Que ganaron los otros y gobernaron con aplastante mayoría por cinco años bajo la bendición de otros países pues solo hay pruebas de la opinión de quienes votantes, los que no, simplemente no cuentan. Es legítimo estar hartos de los políticos; pero no tiene mucho sentido ir en contra del único mecanismo que nos permite aunque sea una tentativa de cambiar lo que hay. Es como ser un buzo y tapar el snorkel con tu propio dedo pensando que así saldrás del agua. Muchas cosas pueden cambiar, incluso la ley electoral, pero al final en el mundo justo que deseas el voto seguirá siendo un mecanismo legítimo de decisión consensuada.

4.- Criticar a los medios pero seguir creyendo en ellos.
El impacto en los medios de comunicación es uno de los principales catalizadores de los efectos de las protestas. Que los medios traten tus reivindicaciones con complacencia o simpatía sumará voluntades y si las demoniza, pueden servir para confirmar tus argumentos y dignificarte. El juego con los medios seduce y aprovecharlos como herramientas es casi indispensable, sin embargo conviene preguntarse quién es la herramienta de quién. Muchas protestas comienzan espontáneamente y acaban siguiendo la agenda que les dictan la TV o, en este caso, miles de tuiteros que opinan desde su casa, lo cual no necesariamente representa lo que ocurre en el foco de la protesta. En Venezuela los medios estaban claramente situados a favor de los opositores y se convirtieron en una caja de resonancia que magnificaba un mensaje que solo escuchaban quienes participaban y era hueco para quienes no lo hacían. Apoyaron activamente las propuestas que les interesaban y obviaron las que no. Al final los opositores se estrellaron con sus propias decisiones y, al ver el desastre, los medios (salvo alguna excepción) se encogieron de hombros y salvaron su responsabilidad argumentando que todo el tiempo se habían limitado a informar y a respetar la libertad de expresión, algo por otro lado comprensible como mecanismo de supervivencia en un país en el que clausuran canales de TV y emisoras de radio por su tendencia política.

5.- No asumir tu responsabilidad en el origen del problema:
Nadie protestaba cuando los bancos daban crédito, nadie preguntaba de dónde salía el dinero. Nadie pensaba que los políticos eran responsables también de esa época en la que la economía española parecía un granero del que todos podían pillar. Muchos de los que ahora se conformarían con poder pagar un alquiler, hace tres años pensaban en hipotecarse por el mayor importe posible y hasta tener una segunda casa “como inversión”, por supuesto rellena de electrodomésticos. Olvidar nuestra responsabilidad tiene la agradable ventaja de que nos libra de culpas pero hace cuestionables nuestras pretensiones y nos predispone a repetir los mismos errores. Los españoles muchas veces no entienden por qué la oposición venezolana no logra juntar suficientes votos para llegar al poder, y una de las razones es que parecieran no haberse dado cuenta de que el país en el que vivían ha cambiado, que las reglas son otras, y eso significa que muchos de los privilegios que antes obtuvieron fácilmente se han perdido o, en el mejor de los casos, tienen que ser repartidos con mayor equidad. Por supuesto que todos queremos, y muchos merecen vivir mejor, pero no todos saben diferenciar entre derechos y privilegios. Quizás habría que pensar en hacer un par de pancartas que digan: “Yo también hinché la burbuja inmobiliaria, pero ya aprendí. Los políticos y los bancos no”

lunes, 27 de julio de 2009

Día de la marmota


En teoría sólo faltan cinco días para mis vacaciones. Pero la espera se está haciendo insoportable. Llevo tanto tiempo esperándolas que pareciera que corren en la misma dirección del tiempo. Que cada día que pasa siguen faltando los mismos días que el día anterior. Como aquella película en la que Bill Murray, en un bucle interminable, despertaba todos los días a la misma hora y en la misma fecha. Hoy faltan cinco días, pero mañana, camino al trabajo descubriré que faltan cinco días, y volveré a tener esta desesperante sensación de que ayer y anteayer y la semana pasada, también faltaban cinco...

martes, 12 de agosto de 2008

El primer concierto de Sofía


Dentro de unos días Sofía cumple seis años,pero ya puede presumir de haber ido a sus primeros conciertos. El primero fue el 16 de julio, cuando decidimos llevarla a ver el Preservation Hall Jazz Band en el Festival de Jazz de Alicante. Tuvimos la suerte de que Orlando estaba aquí y nos fuimos los tres a ver un concierto que prometía al menos hacernos cantar con "When the saints go marching in".

Mientras subíamos la escalinata del yacimiento de Lucentum comenzamos a adivinar con cierto temor las pretensiones del cielo. Aunque ya el atardecer había avanzado bastante, quedaba algo de luz en el cielo; pero encima de nosotros había una zona de obscuridad absoluta que solo la rompían potentes rayos que se extendían sobre nuestras cabezas. Hicimos apuestas y por un momento pareció que ganaríamos, pues a pesar de cierta llovizna se plantaron los músicos ante nosotros y comenzaron a tocar.

Los instrumentos acústicos tienen un alma que nunca podrán superar los electrónicos, Las vibraciones del contrabajo, los golpes de las teclas, las correcciones de las trompetas, todo eso se traduce en un conjunto de imperfecciones e improvisaciones que juntas hacen algo perfecto y que habla de lo grandioso que podemos ser los humanos cuando destinamos lo que hacemos bien individualmente a algo colectivo.

El público no reaccionó con demasiado entusiasmo, quizás preocupado por la lluvia que empezaba a obligar a que muchos paraguas se abrieran. De nosotros, mamarrachos al fin, la única que tenía algo para cubrirse era Sofía, que con un impermeable quedó a salvo de lo que súbitamente se convirtió en un buen chaparrón. Intentamos refugiarnos bajo un árbol del que salíamos cada vez que sentíamos que amainaba. Sin embargo fue inútil, una ráfaga de viento salpicó a los músicos, a sus instrumentos, voló las partituras e hizo volar también a los músicos que, sin terminar la canción salieron pitando a los camerinos.

Aunque la mayoría de la gente se fue retirando, huyendo de la fría manguera que desde el cielo nos apuntaba a toda presion, nos resistíamos a pensar que el concierto había acabado. Empapados hasta las medias resistíamos bajo nuestro estoico arbolito pensando que el chaparrón acabaría en cualquier momento y el concierto seguiría como si nada. Sofía mientras tanto disfrutaba de la aventura saltando en los charcos.

De pronto escuchamos una música lejana, como si alguien se hubiera olvidado de apagar una vieja grabación. Sorteamos una pequeña aglomeración y nos encontramos de pronto en la trastienda del escenario, frente a los camerinos, donde los chicos del Preservation seguían tocando sin micrófonos pero con el mismo entusiasmo. Los que quedábamos bailábamos y sonreíamos encantados de gozar de la complicidad de los músicos a quienes aparentemente no les importaba que estuviéramos allí, de hecho, cantaban para nosotros. Sofía se turnó entre mis hombros y los de Orlando para ver desde la mejor perspectiva el espectáculo, y en algún momento el baterista se acercó y le dio la mano caballerosamente mientras le hacía un guiño antes de que empezara la esperada "When The Saints Go Marching In"

Cuando nos marchamos conscientes de ser unos privilegiados, ya había escampado y pudimos caminar tranquilamente por las ruinas romanas de Lucentum hablando de cualquier cosa , felices, mientras Sofía atrapaba un caracol. Cuando le preguntamos "¿Qué fue lo que más te gustó del Concierto?", respondió sin dudarlo: "¡Que llovió!"


*Mira aquí la reseña del concierto

Foto: Diario Información

lunes, 14 de julio de 2008

Yo también quise ser Charles Atlas


Por alguna de esas secuencias caóticas que construyen nuestro pensamiento me acordé hoy de Charles Atlas. En los comics de mi infancia nunca faltaba la página de publicidad del Método de Tensión Dinámica que prometía "Un cuerpo de Atlas en 7 días". Basta con preguntar a muchos de mi generación para comprobar el profundo impacto que tuvo ese anuncio que daba de lleno en las inseguridades de los jóvenes. Por mis manos pasó un ejemplar del método de Charles Atlas, que era una fotocopia de una fotocopia de una fotocopia de un amigo.

Al recordar el anuncio sorprende no solo lo brutalmente directo, casi insultante, pero certero que era el mensaje. Sino que además resulta un poco chocante descubrir los estereotipos en los que está fundamentada nuestra sociedad, y bajo los cuales nos criamos. Todos quisimos ser ese joven que ante una provocación, quizás nimia, ejecuta toda una venganza que le hace convertirse en una mole y volver a la playa para encontrar a su "agresor", que ni siquiera sabrá quién le pegó ni porqué.

Sin embargo en aquella época lo que más me impactaba era el papel de la chica que acompañaba al protagonista del anuncio (es decir: "el flaquito"). En un niño de unos 9 años las mujeres despertaban una mezcla de admiración e incipiente deseo, magnificados por la más absoluta ignorancia. Por eso cualquier pista que pudiera darnos la radio, la TV o un comic sobre el comportamiento femenino, servía para crearnos una imagen de lo que nos esperaba cuando nos atreviéramos a cruzar el umbral de la adolescencia.

En ese sentido el anuncio era aterrador. Nos esperaba un mundo en el cual había que tener muchos biceps porque por ahí había tipos que te llenaban de arena solo por ser un enclenque, y lo harían delante de tu chica para llamar su atención. Pero lo peor es que para ella solo serías un "flaquito" hasta que no tengas los músculos de Charles Atlas y le metas un jab en el mentón al autor de tan terrible afrenta. En ese momento ella sentenciará "José es ahora todo un hombre", lo cual es admitir al fin que para ella José era una piltrafilla, un endeble, un miriñaque.

Me pregunto en qué medida Charles Atlas habrá contribuido a mi desprecio por cierto patrón masculino y femenino. Quizás tras comprobar decepcionado que en siete días el Método de Tensión Dinámica no había producido ningún cambio en mí, no tenía más remedio que empezar a soñar con otro tipo de mujeres que les daba igual si eres un flaquito, y empezar a suponer que a lo mejor se puede ser un hombre sin tener que dar ni recibir puñetazos.

(foto tomada del blog de Adlo)

sábado, 3 de mayo de 2008

Gobernar entre iguales


Hace unos días Yira y Manolo nos contaron sobre el juramento que los nobles aragoneses hacían al rey para jurar lealtad. Textualmente es así:



"Nós, que valem tant com vós i tots junts més que vós, us elegim rei, per tal que guardeu nostres furs i llibertats, i si no, no."*


Al leerla no pude evitar pensar en los políticos contemporaneos y en particular en cierto reyezuelo venezolano. Ojalá pendiera sobre él una advertencia así que le recordara para qué está ahí, y ojalá sus gobernados tuvieran claro que quien manda no es un ungido sobre el cual depositar las esperanzas sino sólo un igual que debió ser removido en el momento que dejó de preservar las libertades de todos y sólo se dedicó a velar por las que le convenían


*(Nosotros que valemos tanto como tú y todos juntos más que tú, te elegimos rey para que guardes nuestros derechos y libertades, y si no, no)

martes, 29 de abril de 2008

Hace demasiado poco


En la revista "Quo" de abril viene un documento curioso. Se trata de un acuerdo en el cual las mujeres para poder trabajar aceptan, entre otras, las siguientes condiciones:

1.- No casarse
2.- No andar en compañía de hombres
3.- Estar en su casa entre las 8:00 de la tarde y las 6:00 de la mañana
4.- No pasearse por heladerías del centro de la ciudad
5.- No abandonar la ciudad bajo ningún conceptrosin permiso del Presidente del Consejo de Delegados
6.- No fumar cigarrillos
7.- No beber cerveza, vino ni whisky
8.- No viajar en coche o automóvil con ningún hombre excepto su hermano o su padre
9.- No vestir ropas de colores brillantes
10.- No teñirse el pelo
11.- No usar vestidos que queden a más de 5 centímetros por encima de los tobillos
12.- No usar polvos faciales, no maquillarse ni pintarse los labios

A primera vista usted podría creer que se trata de un documento del rígido mundo árabe. Pero en realidad es el contrato laboral que en los años 20 debían firmar las mujeres que quisieran ser maestras en Castilla la Nueva.

He oido muchas entrevistas manifestando que en los países árabes los derechos humanos de la mujer no han avanzado desde la Edad Media, sin embargo es curioso constatar que hace menos de un siglo aquí se imponían condiciones vejatorias a las mujeres que semejan mucho a las que hoy nos horrorizan desde algunos países.

Un alumno me comentó una vez que el choque entre Oriente y Occidente no era político ni económico, sino de género, y cada vez le doy más la razón. Por un lado podemos pensar que si Occidente (aunque no todo) ha logrado transitar toda esa distancia en menos de un siglo, los países árabes, y otros en los que la discriminación de la mujer está a la orden del día, no están tan lejos de lograr cambios sociales que a veces lucen imposibles.

Por otro lado podemos pensar que aunque en Occidente hemos avanzado bastante, aún estamos escalofriantemente cerca -apenas han pasado 90 años- de una cultura que explica barbaridades como que cada semana muera una mujer en España por un imbécil que pensaba que era de su propiedad.